jueves, 23 de junio de 2011

¡Lo estamos perdiendo!grita una voz a lo lejos.

Las descargas eléctricas vuelven a revitalizar los latidos constantes de mi corazón. Las puntas de los dedos se mueven rápidamente y mi pecho se convulsa con cada dosis. Parpadeo un par de veces. Mi conciencia naufraga entre los límites de la consciencia y la muerte. Los escalofríos que siento por todo el cuerpo son señal de que la luz de en frente es más potente que las súplicas y los lloros que alcanzo a oír.

Y es que, realmente, brilla demasiado. Si entorno los ojos puedo llegar a ver a mi familia pasando a toda velocidad, siluetas en blanco y negro imposibles de definir. La sensación de dolor se aleja y me aísla. Un calmo vacío se instala en mí, extendiéndose por toda la sala. Un silencio sepulcral me hunde en la oscuridad.

Otra violenta sacudida me devuelve a la vida. Los lamentos del exterior se tornan alivios húmedos. La luz incandescente vuelve a envolverme y me muestra una sombra grisácea y difuminada que se coloca a mi lado sienta su mano sobre mi pecho. Está susurrando algo, algo que en mi semiinconsciencia no puedo entender. Cuando se aparta, el dolor se transforma en alivio, y éste, casi simultáneamente, en angustia. La luz se apaga súbitamente y me invade el terror. La sensación de ahogo me nubla hasta el punto de tan sólo distinguir colores alrededor de las personas que intentan salvarme.

Abro los ojos. Un incesante pitido me martillea la sien. Dos cabezas me hablan, pero apenas puedo descifrar sus labios. Intento mover la mano, sin éxito, y murmuro que apaguen la luz —o eso creo haber dicho— y me dicen que ya está apagada. No puede ser. Sus cuerpos brillan como el sol, mientras que la estancia se mantiene en la penumbra.

El médico susurra mi nombre: Aingeru, ¿me oyes?

lunes, 20 de junio de 2011

No over yet

—Algún día tendrás que cogerme el teléfono, digo yo.

O quizás no, añadió para sus adentros. Demasiado cansada como para enfadarse, optó por establecer un orden de prioridades en sus sentimientos. Así, primero se sintió triste por la noticia que había sacudido los cimientos de su futuro apenas una hora antes; después se abrigó en la ironía para sentir la calidez de una piel que la protegiera del dolor, ese que amenazaba con complicarle tanto las cosas; y finalmente masticó la humillación de sentirse estafada por no su único pero sí gran apoyo, a quien había confiado la mala nueva. No esperaba ni quería soluciones, pues ella misma las conocía de sobra y solo el tiempo podría darle los resultados. Quería cariño, palabras de ánimo y comprensión, no reproches inoportunamente devueltos por riñas no tan olvidadas como parecía.

Tercer pitido de la quinta, sexta o séptima llamada.

domingo, 19 de junio de 2011

Aun la veo

Algunas veces nos encontramos en pasos de cebra, cada uno en el otro extremo. Nuestras miradas se cruzan, nos mezclan y nos envuelven. Durante ese contacto mágico me acuerdo de la purpurina y de las pulseras gemelas que nos regalamos. Desvío siempre la vista hacia su muñeca izquierda pero no alzanco a comprobar si la lleva todavía. Sí, durante ese contacto mágico intento atisbar a la Luna que me hizo feliz, ¡la busco en todos los sitios que puedo!, pero solo está en el cielo.

(La Ciudadela)

viernes, 17 de junio de 2011

El miedo me paraliza, pero quiero vencerlo

En definitiva, un día decidí hacerlo, y los fantasmas se aparecieron ante mí: horribles siluetas cargadas de recuerdos. ¡Querían disuadirme! No, me dije, no esta vez. Estuve escondida durante mucho tiempo.

Y volví, sí. Atravesé a esos ridículos demonios que me confundían, crucé la línea. Y fue maravilloso. […]