martes, 26 de julio de 2011

Nubes turquesas

Reconozco que las manualidades no son lo mío. He estado toda la maldita noche pensando en el regalo de Marion y no se me ha ocurrido nada de nada. Un par de días antes, viendo que mi imaginación iba a jugarme una mala pasada, ordené a mis secuaces—mis pequeños hermanitos gemelos, peluches que bajo una máscara inocente planean dominar el mundo— que le preguntaran qué quería.

Las noticias no pudieron ser más desagradables. Marion quería, para su duodécimo cumpleaños, una «nube esponjosa, y no de esas de azúcar, sino una cogida del cielo y lista para dormir en ella». Y ya está. No un poni, ni una fiesta de pijamas con sus amigas, sino una nube.

Así que ahora, en estos precisos instantes, me estoy tirando de los pelos. Mi cuarto está lleno de dibujos de nubes, trozos de cartón recortados, plastilina, rotuladores y bolas gigantes de pelusilla blanca. Estoy seguro de que si soplara el viento ahora mismo se formaría un salicor gigante, conmigo dentro.

Pasa el tiempo y su cumpleaños se acerca. Aún no tengo nada parecido a un regalo, ni siquiera ideas. La pequeña Marion me odiará de por vida si no le entrego esa nube, ¿pero qué puedo hacer?

Los gemelos juegan en la alfombra. Se están tirando trozos de plastilina—diantres, mi plastilina— a la cara. Entonces, como venida de la nada, se me ocurre una idea. Vuelvo a mi habitación, cojo la foto de una nube y voy a la cocina. Le encantará.

*

El momento de los regalos ha llegado. Marion me observa con sus ojos enormes, cejas arqueadas y sonrisa pícara en los labios. Cree que no he conseguido la nube.

Y bueno, en cierto modo, yo creo que sí.

Avanzo con una bandeja y la dejo encima de la mesa. Retiro la tapa de golpe, y sonrío al ver cómo el rostro de Marion se transforma entero en una sorpresa.

—Aquí tienes—digo, señalando el pastel azulado— una «nube esponjosa, y no de esas de azúcar, sino una cogida del cielo y lista para dormir en ella». Feliz cumpleaños, Marion.

martes, 19 de julio de 2011

Metralla en el corazón

La bomba les sorprendió a todos. Instantes antes se encontraban reforzando la base militar, fortaleciendo las trincheras y ayudando con los heridos. La palabra «descanso» no figuraba en el diccionario profesional de los soldados. Todas las acciones estaban coordinadas en grupo; la eficacia en sus acciones, sin ninguna otra competidora, era el primer principio de todos los que componían el credo militar.

Fue un mes duro. Durante días, intensas réplicas azotaban el país, convirtiéndolo en un hervidero de víctimas. Desde los helicópteros, reporteros extranjeros retransmitían, y proyectaban en las casas de todo el mundo, atroces imágenes sobre lo sucedido. El caos se hallaba en cada esquina, en cada persona y en cada grano de arena, que días antes había pertenecido a los cimientos de algún hogar.

Un día la guerra acabó. Los estruendos dejaron de acompañar los sueños de los pequeños supervivientes que se agazapaban entre ellos en tiendas de refugiados. Por primera vez en un mes, una eternidad para todos aquellos que vivían y morían allí, el amanecer no fue precedido a una alarma de emergencia. El canto de los pájaros iluminó el cielo, que seguiría encapotado durante muchos días más.

Un soldado salió de la tienda y dejó que el sol bañara su rostro, profundamente marcado por las huellas del terror. Se quitó el casco y, tras contemplar cómo el sol se ponía en lo alto, sacó una foto del bolsillo del pecho. Su mujer y sus hijos le sonreían desde el salón de su casa, lejos, muy lejos de allí. Derramó lágrimas amargas; se liberó de aquel sufrimiento que las balas no habían sabido eliminar.

Mientras se encaminaba hacia el avión no pudo evitar mirar atrás. «Otros no han tenido tanta suerte. Eran igual de fuertes, igual de ágiles, igual de humanos; también tenían familia y esperanzas. Compartimos secretos y planes de futuro. ¿Y hoy, qué queda de ellos? No, el recuerdo no es suficiente cuando quieres a alguien.»

jueves, 14 de julio de 2011

Lágrimas en la lluvia, Rosa Montero



Título: Lágrimas en la lluvia
Autora: Rosa Montero
Editorial:
Seix Barral
Páginas:
476
ISBN:
9788432296987

Año 2109 en los Estados Unidos de la Tierra, Madrid. Este futuro lejano se verá empañado por las inexplicables muertes de los tecnohumanos, o replicantes—guiñando un ojo a la novela de Philip K. Dick, ¿sueñan los androides con ovejas eléctricas?, y su correspondiente adaptación cinematográfica Blade Runner—, que desencadenarán una serie de acontecimientos decisivos en la historia de la humanidad. Al mismo tiempo, entre el miedo y la inseguridad que se apoderará de la sociedad, alguien está manipulando la Historia para culpar a los tecnohumanos.

Cuatro años, tres meses y veintinueve días. Incluso en medio de las noches más locas y resacas más duras, la detective Bruna Husky realiza automáticamente esa cuenta atrás hasta el fin de sus días. Y es que tras esta vida solitaria y sin una pizca de color se esconde una replicante de combate que con 5/25 años ha sido testigo de un dolor que bien podría superar al de los humanos; su pasado y el miedo a la muerte camina junta a ella como una mala sombra y amenaza con destruir la poca energía que le queda para levantarse por las mañanas. La vida de Bruna dará un giro de 180 grados cuando su vecina Cata, una replicante muy amable, intenta asesinarla y acaba suicidándose. Sin comerlo ni beberlo, la detective se verá inmersa en una trama policial que va más allá de la corrupción y del capricho de unos pocos: el estallido de odio de los humanos, la discriminación hacia los reps, la política activista de los androides y el creciente caos en los pilares de la sociedad sacudirán los cimientos del sistema democrático mundial.

Rosa Montero nos sumergirá en una ciencia ficción que bien podría llegar a figurar en los libros de historia del próximo siglo. La documentación y el desarrollo de la ambientación, narrado desde el Archivo, facilitará el asentamiento en este género que se mueve entre arenas movedizas. Aunque abundan los nuevos conceptos o inventos futuros, el lector conectará inmediatamente con la protagonista y sentirá el ritmo frenético de la acción en sus venas: empatía asegurada. Montero nos enseñará un planeta decadente en plena la diversidad espacial y expansión en el Cosmos.

A través del arcón de personajes que desfilarán por la trama, revelaremos un mundo repleto de inquietudes, sufrimiento y traiciones... pero también de amor y respeto entre especies. Así es como Bruna Husky, mediante el entrañable Bartolo, Mao, Yiannis, Oli y muchos más irá redescubriendo aspectos y emociones que creía olvidados.

Personalmente, una de las mejores novelas de ciencia ficción que he leído, muy cerca de Asimov con su Yo, Robot. Duro y cruel en ocasiones, sí, pero bello y real a su manera. ¿Recomendado? Por supuesto.

domingo, 10 de julio de 2011

La panacea

Aunque el día no es de los mejores, Ella se sienta para escribir como debería haber hecho todos los días. De repente quiere tacharlo todo y volver a empezar con algo más impactante, pero decide dejarlo. El principio ideado en su cabeza es más resultón e inquietante: «y se despertó». En otras circunstancias lo habría puesto, pero hoy son palabras reversibles, algo así como ironizarse a sí misma, joderse por la ofensa y reírse por la ocurrencia. El pulso le tiembla cada vez que descansa la mano y sabe que esa sensación perdurará hasta quizá la noche, y siendo optimista después de comer recobraría su naturaleza tocapelotas.

Al despertarse[1] lo primero que hizo fue llamarle a Él. Su voz de efectos balsámicos alivió la carga de la noche anterior casi inmediatamente, tanto que Ella no pudo más que echarse a llorar, agradecida, exhausta, de poder escucharle. Su pequeño reto se había ido al traste y luego de intercambiar unas palabras con aquel chico gafapasta que derrocha amor por los cuatro puntos cardinales, se sintió bastante mejor, incluso más fuerte. Además de la autoconvicción, saber que alguien está a tu lado incondicionalmente te puede sacar de más de un apuro, sea nimio o no.

Ahora, Ella recuerda todo el día desde la cama de flores, no tan cansada pero sí impaciente por descansar y sentirse bien. Cuando se acuerda su osito sonríe y relaja el semblante. Está muy acostumbrada a agradecer las cosas en silencio, es decir, interiormente, y dar una sensación de falsa indiferencia, pero nada está más lejos de la realidad: da las gracias día tras día por poder sentir eso tan indescriptible. Nunca sabrá si se trata de estabilidad, apoyo, afinidad, lealtad… Bueno, se dijo, lo llamaré amor.



[1] Es una expresión que globaliza: «después de llegar a casa, dormirse, desvelarse, dormirse, ponerse histérica, mudarse de cama y comer algo». Pura economía lingüística.