viernes, 1 de julio de 2011

Corazones rojos y picas negras

Finales de verano. En el apacible pueblo de Downtown, donde raramente el motor de un coche enturbiaba las líneas blancas de la carretera, una gran carpa se hallaba levantada. Una vez cada dos años, el pueblo era lugar para las increíbles actuaciones del Circo Áureo. Gente de todo el mundo acudía a la cita puntualmente, y durante tres días Downtown estaba de fiesta.

El espectáculo más esperado de cada festival es la aparición del mago Suva. Su fama le precedía, y si bien se la había ganado a base de esfuerzo y muchos fracasos, las leyendas sobre su supuesta inmortalidad eran la comidilla de todos. Siempre salía al escenario la medianoche del tercer día, a tan solo unas horas de abandonar el pueblo.

Ataviado con una túnica del color de un cielo estrellado y una máscara en forma de medialuna sonriente, subió al escenario sin acompañantes. Encima de la plataforma podía ser visto a la perfección por el público de la última fila; era muy importante prestar atención a cualquier movimiento del mago.

Cuando Suva elevó la vista al cielo, alzando los brazos, el silencio invadió la carpa. Al instante, el telón del techo se fundió con el cielo nocturno. La luna brilló por encima de los presentes, que encontraron su boca terriblemente seca. Entonces, el mago dirigió sus brazos hacia cada pared de tela, que súbitamente iba desapareciendo y dejaba ver lo que había detrás. Pronto, la carpa se había convertido en un anfiteatro natural, incluyendo el criar de los grillos.

El mago Suva hizo aparecer de la nada una baraja de cartas, de la que sacó dos: el dos de corazones y el as de picas rojo. Después se remangó la túnica, hizo levitar las dos cartas y, lentamente, empezó a conjurar.