martes, 17 de enero de 2012

El martes que Annie se fue (y la parte de mí que se marchó con ella)


Hizo la maleta en silencio y atravesó el umbral de la puerta sin decir adiós.
Yo seguía viendo llover por la ventana. En algún rincón de mi mente algo hizo "clic", y aunque ahora hubiera deseado haberlo oído, seguía tan ensimismado que solo reaccioné cuando la vi alejarse apresuradamente. La lluvia desdibujaba su perfil, ese que tantas veces había recorrido con las yemas de mis dedos. Había buceado entre los nudos de su pelo y aspirado el olor de su perfume hasta colocarme de amor.
Su rostro se apareció vívido en el reflejo del cristal y me pareció que se despedía. Entonces fue cuando comprendí que todo había sido un malentendido. Un error.
Bajé hasta el garaje y saqué la bicicleta. Las gotas caían sin descanso sobre el suelo formando pequeñas burbujas, advirtiéndome de que la tormenta se prolongaría hasta más allá del crepúsculo. La estación quedaba a poco más de quince minutos. En circunstancias normales podría llegar antes que Annie y retenerla, pero lloviendo a cántaros el camino se me antojaba peligroso y embarrado. Lejos de importarme, salí al exterior y cerré la puerta con llave.
Por favor, que no se haya ido todavía, pensé al enfrentarme a la cuesta que daba al parque. El manillar temblaba en cada viraje como si no fuera a enderezarse nunca más, y yo, herido por el frío, el viento y la desazón de no haberle dicho lo que sentía, lloraba como un niño pequeño. Me había comportado como un auténtico imbécil.
Llegué a la estación con un derrape que me lanzó al suelo. Rodé hasta chocarme con una columna y allí permanecí por espacio de dos largos e intensos segundos, pero me levanté y corrí hasta la parada de su autobús.
—¿Annie? —pregunté en voz alta. Algunos viajeros volvían sus cabezas hacia mí y negaban con la cabeza, no sé si vaticinando el resultado o simplemente diciendo no ser ella—. ¡Annie!
La busqué por toda la estación, en vano. El autobús se había marchado ya.
A veces tardamos mucho en darnos cuenta de las cosas. De vuelta a casa supe que la llamaría una y otra vez hasta que me cogiera el teléfono. Hablaría desde el corazón y lo pondría a sus pies para que me perdonara. Y empezar otra vez.