domingo, 28 de diciembre de 2014

Mi 2014 entre libros

Un año más, un año menos; treinta y siete lecturas oficiales entre cómics, mangas y libros me han acompañado en un 2014 algo convulso. Sin embargo, han sido doce meses de acertadísimas historias. Tengo la impresión de que cada vez escojo con más delicadeza. El balance general es positivo, aunque no niego que haya tenido que tragarme las expectativas con algunos libros. He pensado en bucear por mi año literario y mostraros qué he leído, qué me ha gustado y por qué no os recomendaría algunas novelas.




Comencé el año con Vagabond, de Takehiko Inoue (quien hace unos meses dibujó el cartel del Mundial de Kendo 2015). Mi reencuentro con el manga fue gracias la biografía serializada de Miyamoto Musashi, que viene a ser el crack de los samuráis. Como lectora estoy disfrutando un montón, y como kendoka me gusta apreciar la fidelidad de las posturas y los combates, donde el plano mental tiene si cabe más importancia que el hecho de tener un adversario. El otro manga que leo de pascuas a ramos es Las vacaciones de Jesús y Buda, sus aventuras en el mundo terrenal. Humor puro. Podéis imaginarme leyendo tranquilamente y de repente soltar una carcajada gigante. Ese es el poder su autora, Hikaru Nakamura. Y por supuesto soy #teamJesús total.




¿Sabéis esos libros míticos que todo el mundo se ha leído y vosotros no? Cada año me propongo leer al menos un clásico. El año pasado fue para Ende, y este, para Ursula Le Guin. Qué estilazo se trae en Un mago de Terramar y Las Tumbas de Atuán, recogidas en el primer volumen de Historias de Terramar. Acompañar a Ged a enmendar sus errores me hizo pensar en los míos. Creo que las buenas historias hacen de espejo en el que reflejarse. Una sombra que busca encontrarse a sí misma; una trama que muestra las pautas de Tolkien, pero no las sigue, y que prioriza lo emocional sobre lo social o lo político. Las Tumbas de Atuán se ubica diez años después de los sucesos de Un mago de Terramar. Es menos introspectiva que su predecesor. El destino de Arha, la sacerdotisa, se reconduce en cuanto Ged se cruza en su camino. No, quizá es más correcto decir abandona la predestinación para enfrentarse a su destino. Continué casi de seguido con el volumen II (La costa más lejana y Tehanu), pero todavía me falta por leer la última parte.




La literatura western, sin más ni más. De todo lo que he tenido que leer en los módulos de literatura hispana, inglesa y griega del máster, me quedo con el western y las novelas góticas. Tuve que trabajar Close Range: historias de Wyoming de Annie Proulx, de corriente naturalista y una de las primeras en hablar de la realidad homosexual del sur de los Estados Unidos. Me flipó el relato de Brokeback mountain. Se supone que dos cowboys pastoreando en medio de la montaña tienen que beber cerveza, ser duros y arrogantes y pensar en formar una familia. La realidad es que los cowboys pueden seguir siendo todas estas cosas, y además, tener preferencias por alguien de su mismo sexo. Quizás a la mayoría nos parezca una megaobviedad, pero los doce relatos que componen Close Range (¡ya es que… solo el título! Close Range, cuya traducción en español fue En terreno vedado) no hablan de un pasado lejano, sino de apenas un par de décadas atrás, y que para muchos sigue formando parte de su presente. Proulx me fascinó aquí porque tiene la habilidad de decir mucho con poco, como si cada frase significara lo que dice y lo que calla. También leí The basque hotel, de Robert Laxalt, sobre los pastores vascos que emigraron a los Estados Unidos. En mis pendientes está All the pretty horses, del siempre macarra Cormac McCarthy.




Me leí tanto la biografía de Tolkien como su ensayo Sobre los cuentos de hadas, un análisis buenísimo sobre la fantasía, sus orígenes, la suspensión de la credibilidad y el efecto que tiene en los niños. Hablé del ensayo hace un tiempo. Muchos ya sabréis mi opinión: Tolkien es muy buen profesor, pero demasiado pesado escribiendo. No quita que gracias a él estemos disfrutando de un legado fantástico digno. También cogí De qué hablo cuando hablo de correr, de Murakami, otra pequeña biografía sobre su experiencia como corredor. Intercala las carreras con otras anécdotas literarias, y además te entran ganas de correr cuando terminas el libro. Continuando con lo oriental, leí Ser mujer en China. Las voces silenciadas. Reúne quince testimonios recogidos por Xinran Xue, una periodista que, cito textualmente de la sinopsis, "retrata lo que viven las mujeres en la China moderna: siglos de temor y obediencia a los padres, a los maridos, a los hijos y al Partido". Amena, emotiva y mordaz; así es como describiría a Xue. Recomendadísimo.




Ahora bien: el premio a la mejor lectura se lo lleva El aprendiz de guerrero de Lois McMaster Bujold. Miles Vorkosigan, el protagonista de esta aventura, será objeto de estudio en mi proyecto de fin de máster. Ahí es nada, compadres. ¡Qué hartada de reír! ¡Qué personajes, qué descaro! Solo tengo palabras buenas para la autora. Ciencia ficción táctica y divertida. Ha escalado sin dificultad a mi ránking de autores preferidos, donde este año Sanderson no me ha sorprendido tanto con Steelheart (sí con Legión y El alma del emperador, pero menos que cuando leí Los nacidos de la bruma). En fantasía, los cumplidos son para Erin Hunter con Los Gatos Guerreros, las trepidantísimas y chunguísimas historias de un gato doméstico que decide irse a vivir a un clan de gatos callejeros. Leerlo fue como encender de nuevo la llama de la fantasía por fantasía, es decir, disfrutar sin límites de una premisa que rebosa imaginación, y vaya que si pienso continuar con los siguientes libros; también para Garth Nix con Lirael (Abhorsen II), que nunca me cansaré de recomendar como literatura juvenil a la antigua usanza (sin triángulos amorosos ni clichés sobre clichés...); y para Samantha Shannon y su La Era de Huesos, el descubrimiento de este año. Acabé tan enganchada como triste al saber que la obra completa será una heptalogía. Mi bolsillo llora amargamente.
Mención de honor para Arcana Mundi, una antología de ciencia ficción y fantasía de la escritora Elizabeth Bear y editada por Fata Libelli. Prácticamente me gusta todo lo que publican porque ofrecen una ventana al mundo diferente a lo que el mercado nos tiene acostumbrados.




Odisea, de Michael P-Kube McDowell, un libro basado en el universo de Asimov. La traducción es un poco torpe y la historia solo consiguió entretenerme en un par de puntos, uno de ellos la ambientación. Tampoco puedo decir que me haya gustado El nombre del mundo es bosque, de la increíble Ursula Le Guin. Una buena idea ejecutada con lentitud y cierta abstracción, aunque hubo pasajes, más bien conceptos, que disfruté mucho, como el tiempo-mundo y el tiempo-sueño.




Despido el 2014 con La historia silenciosa, de Horowitz, Derby y Moffet. Tres autores de los que no había oído hablar nunca. De momento el libro me tiene atrapadísima. Una novela coral, narrada en forma de testimonios, que cuenta el nacimiento de ciertos niños que han desarrollado logorresistencia, esto es, son incapaces de hablar con palabras. En cuanto a cómics, cosa rarísima en mi estantería, he empezado con Transmetropolitan, de Warren Ellis y Darick Robertson. El protagonista es Spider Jerusalem, un periodista sin pelos en la lengua (es lo más suave que se me ocurre para describirlo) que debe volver a la civilización para cumplir con su contrato de trabajo. Una crítica a la política, a la cultura, a la religión, a todo lo que os podáis imaginar de la forma más ácida y violenta posible. Es un registro que normalmente no me gusta. A veces me pregunto por qué sigo leyéndolo, pero tiene que siempre me ha gustado en el periodismo: la verdad sin tapujos. Esa que te hace un desierto en la garganta, que te quema, que te arrastra. Eso y la ambientación postcyberpunk. Tampoco os voy a engañar.

Así se va este año. No puedo ni imaginar dónde estaré el 31 de diciembre de 2015 ni de qué libros os estaré hablando... o si quedará algo de lo que hablar. Me conformo con vivir el presente. ¡Felices fiestas! Y muchísimas gracias por estar siempre al otro lado.

lunes, 15 de diciembre de 2014

La reduplicación (o la fuerza de las palabras)

La reduplicación, en una viñeta
Imaginad que voy a un restaurante y pido la carta. Algunos platos tienen picante, como el mítico taco mexicano, y no quiero acabar con la garganta de Smaug. Cuando el camarero viene a tomarme nota, le pregunto si el taco pica mucho. Él se encoge de hombros como diciendo "bueno, depende de la persona". Y yo añado, entonces: "¿pero picante PICANTE?" La repetición le da un matiz enfático. Otro ejemplo: le cuento a un amigo un problema con mi pareja y me pregunta: "¿lo vais a hablar?" Yo asiento, pero él insiste: "¿hablarlo solo por encima o hablar-hablar?" La pregunta adquiere un significado ligeramente diferente al original; la connotación es más contundente, busca ir un poco más lejos.

La reduplicación (contrastive reduplication en inglés) es tanto un recurso literario como un procedimiento morfológico usado en muchas lenguas que consiste, en el primer caso, en la repetición de una sílaba o verso, y en el segundo, en la repetición de una palabra, normalmente la última, para intensificar o asegurar una información. Mientras que otros idiomas como el finés o el inglés lo han integrado tanto en la tradición oral como en la escrita, en español la reduplicación va de la mano con los romances. Me vienen a la cabeza varios ejemplos del Romancero, como el de la muerte del rey Don Sancho (¡Rey don Sancho, rey don Sancho / no digas que no te aviso / que dentro de Zamora / un alevoso ha salido) o el de Fontefrida (Fontefrida, Fontefrida / Fontefrida y con amor / do todas las avecicas / van a tomar consolación), y seguro que se os ocurren otros mejores que estos, porque nunca presté mucha atención en literatura hispánica #sorrynotsorry. Pero creo que la reduplicación tiene mucha más miga en poesía, donde esta función de énfasis y de autoconvencimiento tiene una importancia capital para el poeta. Decía Machado en ¿Mi corazón se ha dormido?:
No; mi corazón no duerme. / Está despierto, despierto.
Ni duerme ni sueña; mira, / los claros ojos abiertos,
señas lejanas y escucha / a orillas del gran silencio.
Despierto, no, despiertísimo. Igual os estáis preguntando por qué me ha dado por hablar de la reduplicación. La respuesta es sencilla: mi intención no es profundizar en el concepto, sino cogerlo como punto de partida para reflexionar una vez más. Me sorprende cómo utilizamos las palabras para reforzar lo que decimos, cómo las moldeamos a nuestro gusto para que rompan las costuras sin deformar el vestido. Pensaba también, el domingo, en la cantidad de recursos estilísticos que tenemos a nuestro alcance para embellecer el estilo… y cómo los desaprovechamos. Bien por pereza, bien por desconocimiento, bien por miedo al ensayo y error. Y acabé pensando en que debería irme a leer, porque si algún día quiero ser una master de las palabras, tengo que empezar por conocer todos sus secretos.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Línea

Fuente ©
Imagíname al pie del acantilado. El aire azotando mi rostro de frente, empujando mi cuerpo hacia el interior; las olas rompiéndose, abajo, contra las rocas, y yo rompiéndome aquí, arriba. A pedazos. El horizonte llama al huracán. Un escalofrío recorre mi espalda desde la base hasta la nuca y escapa en forma de suspiro.
Detrás de mí se halla la tierra: su aspereza, su siempre firmeza. El hogar. El olor de lo familiar, sí, eso es la tierra. Y delante de mí hay un abismo (que no necesita adjetivos para ser hondo e insalvable), el mar y el cielo. Una noche densa, sus brazos negros intentando abarcar el universo.
No puedo pensar en la vida sin momentos como este. En el borde. Con el viento de cara. Con miedo. Con equipaje sobre los hombros. Con la desazón de quien está perdido y sabe que un día volverá a encontrarse, aunque desconoce dónde. ¿Me darás tus alas, noche, antes de caer?