jueves, 16 de octubre de 2014

Fulgor

Fuente
Los casquillos de bala restallaban contra el suelo, pero ella no podía oírlos. Cambiaba de cartucho cada tres o cuatro segundos. Lo que duraran. Los disparos retumbaban con fiereza en sus oídos, aunque cualquiera que se aproximara sabía que Juárez estaba muy lejos de allí.
Tenía el rostro contraído de rabia. La mandíbula apretada, los dedos crispados en torno al gatillo, el cuerpo en tensión. Sus ojos irradiaban fuego desconocido, y te aseguro que Juárez es capaz de quemarlo todo, incluso a sí misma, con tal de olvidar sus pesadillas.
Una bala por cada recuerdo. La pistola se estremecía violentamente.