miércoles, 30 de diciembre de 2015

Lo que leí en 2015

Ha llegado la hora de hacer balance del 2015. Esta fecha también es ideal para hablar de los errores y aciertos a lo largo del año en materia literaria, que sin duda, en mi caso, no ha despuntado en cuestión de cantidad sino en calidad. Según mi perfil de Goodreads he acabado 14 libros de 20 que me había propuesto. Han sido pocos libros, con un solo cómic en el total. Cualquier devoralibros podría abofetearme con su propio ranking de más de 50 libros leídos (y alguno más que entre derrapando estos últimos días), pero dada la vorágine en la que se ha convertido mi vida, me alegra saber que la lectura sigue siendo mi vía de escape favorita.

Solo tú puedes salvar a la humanidad es el libro más corto que he leído, en comparación con Neimhain, el más largo, con 207 y 860 páginas respectivamente. Prima la fantasía, y en general, prima la ficción de imaginación desbordante y aventurera. Recuerdo que leía Solo tú puedes salvar a la humanidad en el jardín de mi casa en el norte, el sol de media tarde apagándose poco a poco y Kuki y yo apoyados en la verja disfrutando del silencio rural. Esa fue, además, la última foto que nos hicimos antes de que Kuki pasara a mejor vida. Neimhaim me acompañó más de un mes a trabajar. Aprovecho para leer en transporte público cuando voy lo suficientemente despierta. Fantasía épica escrita por una española con una habilidad bonita para las descripciones. He sacado pasajes preciosos de la novela. Lo terminé acurrucada con una manta, recuperándome de un resfriado peleón, y en pleno invierno, aunque sin nieve ni tormentas.

La primera mitad de 2015 tuve más ojo a la hora de escoger las lecturas. Fueron obras compradas entre varias mudanzas. La única razón por la que no se perdieron por el camino es que prácticamente eran lo único que debía transportar además de la ropa y los trastos de kendo. En enero terminé La historia silenciosa pensando que pocas cosas podrían igualar una trama tan inusual en un formato tan bueno como son las crónicas entrelazadasLa historia silenciosa habla de una extraña enfermedad que padecen ciertos niños, el silencio, y de la transformación de la sociedad a raíz de la búsqueda del porqué. Es posible que no suene atractivo a primera vista, pero ya os he dicho que dejó el listón muy alto. Me indigna que haya pasado tan desapercibido para la crítica.

Salté de una increíble ficción a una obra de mi escritor favorito, Brandon Sanderson. Leí un ejemplar de pruebas de El Rithmatista gracias a Nova y a Alexander Páez, que me dejó colaborar en su monográfico de Sanderson. Podéis leerlo aquí. Yo escribí sobre el mito del héroe. El Rithmatista refrescó el panorama de la literatura juvenil por la diversión y el misterio a través de sus páginas, y sin ser un libro perfecto, tiene todos los ingredientes para dar caña a lectores de todas las edades.
¿Mola o no mola el cartel de la película?
Pero si hubo un libro que podía superar a La historia silenciosa, sería uno aún más loco y especial y de sensaciones tan contradictorias en un mismo párrafo. Hablo, en efecto, de John muere al final. Los que me seguís en Twitter sabéis que me encantó solo por la cantidad de citas que subía, pero la emoción no acabó ahí: me abrí un blog de reseñas como excusa para dar rienda suelta a una verborrea de halagos y estupideces sobre el libro. Hoy, de hecho, he abierto el libro aleatoriamente y me he reído mucho, y un párrafo después estaba ocurriendo algo que me ha puesto los pelos de punta. Me atrevería a decir que John muere al final es Mad Max: fury road en literatura. Frenesí, humor, miedo, despiporre, una adaptación cinematográfica de lo más resultona y una edición que vale lo que cuesta. De verdad, si no lo habéis leído, ponedlo como propósito de 2016. Y a propósito, mi reseña está aquí.

El peso del corazón ha sido otra novela de mi 2015. Rosa Montero tiene algo en la prosa que me atrapa, no sé si es la intensidad, la precisión de lo escrito o la humanidad de las historias. Con Bruna Husky, personaje revelación de la ciencia ficción española que ha caminado un poco entre bastidores, acertar siempre es fácil. ¿Un thriller ambientado en el universo de Philip K. Dick y su Blade Runner? Compro. Compré, de hecho, y me enamoré una vez más de la construcción de los personajes y del worldbuilding. Tuve que escribir sobre él, claro. Y tras este y El Castillo Ambulante, del que había oído mil veces que el libro era totalmente diferente a la película, que es precioso, que sin esforzarte mucho es como si vivieras en el castillo con Calcifer y los demás, que Diana Wynne Jones tiene un noséqué, vino una época de lecturas no tan maravillosas, aunque sí amables y de mucho corazón. Me leí Los Incursores, editado por Blackie Books con un cariño especial, y me devolvió a los años en los que no hacía falta preocuparse por nada. Fue un regalo, tanto el libro como la experiencia. Lo mismo ocurrió con la tercera entrega de Los Gatos Guerreros, El Bosque de los Secretos, una saga que mejora con cada aventura. Gatos, clanes y situaciones peliagudas para la edad del lector recomendado, a partir de doce años.

Luego una época rara me pilló con Después del banquete, mi primera novela de Yukio Mishima. Me sorprendió por lo retorcido de los personajes. Supongo que la narrativa oscura y llena de subtexto acentuaba la relación entre los protagonistas. Tal para cual. Como se amaron, se destruyeron. Reconozco que tuvo un impacto fuerte en mí. No sé cómo hacen los libros para escogerse justo en el momento adecuado. Es como si aparecieran sin más. Una movida. El caso es que después de un libro raro vino otro aún más raro: Refugio 3/9. Anna Starobinets es otra escritora que se las trae. La historia es lo que dice y lo que no dice. Probablemente es más importante lo que uno calla; esa es la conclusión que extraje de la novela. La recomiendo a medias porque no es para todo el mundo, pero no existe un tipo de persona ideal para leerlo.
Parte de la portada de Covenant's End, de Ari Marmell
Como dije líneas más arriba, en invierno me acompañó Neimhaim. Entre medias leí Seraphina y lo abandoné; es posible que guardara unas expectativas que al final no se vieron cumplidas. Reconozco que me gustó mucho más el que vino después. Tenía muchas ganas de leer a John Scalzi. La Vieja Guardia fue la novela elegida para empezar. Lo acabé hecha una bola en una butaca ajena, en casa ajena, con luz natural, despeinada y sin muchas ganas de desperezarme. Lo de la luz natural es importante porque vivo en un bajo. Me encantan las comedias porque me hacen reír, simple y llanamente, aunque también porque son una invitación a reflexionar desde un ángulo desenfadado. Solo diré boy scouts espaciales. Ya está.

Ahora acabo el año con Thief's Covenant, de Ari Marmell, estrenando el Paperwhite. Este libro no está traducido al español ni tiene pinta de estarlo en mucho tiempo. Lo encontré en un artículo de novedades de fantasía extranjera que trajeron La Espada en la Tinta. Trata de una jovencita enrolada en un grupo de ladrones que se mete en serios problemas por intentar estafar a la jefa del cotarro. Le acompaña un dios sin voz que a veces le presta su poder para salir airosa. Young Adult muy entretenido hasta el momento. En mi caso es más que ideal para seguir leyendo en inglés.

No sé lo que traerá 2016. Hace tiempo que dejé de planear los libros que escogería. Me muevo por impulsos, compro novelas que igual leo años más tarde, justo en el momento exacto. En mi estantería esperan La noche de la séptima luna, de Holt, The Raven Boys: La Profecía, de Maggie Stiefvater y La Hija de Robert Poste, de Stella Gibbons. Nos miramos de vez en cuando.

Al próximo año solo le pido aventuras igual de buenas o mejores. En la ficción nos reflejamos, y las historias se reflejan en nosotros. Sed felices, carpe diem. ¡Feliz 2016! :)

domingo, 13 de diciembre de 2015

Cuando la página en blanco no es lo que parece

Fuente.
Hace meses que no escribo nada. Hace meses que me siento todos los días durante al menos una hora a dejar que los dedos vuelen sobre el teclado y solo de vez en cuando caen palabras en forma de frases. Un buen día equivale a quinientas palabras. Los días de mil, o mil y pico palabras, son tan maravillosos como infrecuentes. Pero existen y me agarro a ellos como un clavo ardiendo. Cuando digo que escribo, me refiero a todo: relatos, artículos, historietas…, cualquier cosa que rellene folios físicos o digitales; y no me refiero a nada más, no pienso en la calidad ni en la coherencia de lo que escribo, ni en la técnica. Nada. Escribir. Solo escribir.

Al principio lo achaqué a que había empezado a trabajar. Ocho horas, cinco días a la semana quitan mucho tiempo. El resto lo comparten kendo, las tareas del hogar y mis aficiones, entre las que incluyo socializar, leer, ir al cine y un sinfín de cosas que alargarían innecesariamente este párrafo. Intentar llegar a todo es una auténtica locura, me dije después de un mes levantándome a las siete de la mañana para escribir, así que debo priorizar. Me compré una pizarra e hice una lista en función de lo que quería hacer y las ganas que tenía de hacerlo, y resultó, claro, que no quería gastar tiempo en forzarme a escribir, y que cuanto más lo hacía, peor me salía, y cuanto peor me salía, más eludía el momento. Las consecuencias fueron que dejé de llegar no solo a los plazos de los demás, sino a los que me proponía yo misma. Dejé de presentarme a concursos. Dejé apartado el blog. Dejé de currármelo. Me bastaba con redactar algo para salir del paso, esperando que en algún momento mi cabeza volviera a su sitio. A veces pasa, ¿no? Se oye un clack y los engranajes vuelven a funcionar. Bueno, tampoco fue así.

El grifo de ideas nunca se ha secado aunque estuviera peleando con esto. Han surgido proyectos de diversa índole que, francamente, me encantaría abordar, pero me siento como si hubiera una barrera entre el qué y el cómo y entre el qué y el cuándo. Algunas personas me siguen llamando escritora, pero yo ya ni me atrevo a decirlo en voz baja. Ni en la mente, casi. Escritora es la que escribe, no quien se estresa solo con pensar en escribir y se agobia cuando comprueba que es incapaz de hacerlo.

2015 ha sido un año de golpes duros y cambios, de madurar aceleradamente para poder seguir el ritmo de la vida. En otra ciudad, con un trabajo del que no puedes desprenderte porque quieres seguir donde estás, te das cuenta de los privilegios que tienen muchos otros con respecto a sus inquietudes profesionales y deseas y piensas: ojalá pudiera ser uno de ellos, ojalá me atreviera a dar otro salto de fe sin pensar en la caída. Ahora apenas puedo juntar palabras sin arrugarme el cerebro. Y no hablemos de la extraña presión en el pecho cuando no logro llegar a la meta, o cuando me rindo antes de empezar porque sé que me apagaré a mitad de camino. Pelear con esas sensaciones es duro. Mi equipaje, unas veces más liviano que otras, me ha empujado a abandonar durante un tiempo algo que a otros les ha salvado la vida.

La página en blanco también puede ser depresión. Así lo cuenta la autora Mary Robinette Kowal en su blog personal, una experiencia que apenas entra en detalles privados sobre una etapa complicada entre ella y la escritura. Al final reúne una lista de consejos, desde hacer ejercicio por las mañanas hasta convertir tareas aburridas en pequeños retos.
The biggest thing to say to you though, is that if you are having trouble writing take a look at what’s going on. Ask yourself if something is wrong with the story, or if the thing that is wrong is outside the story.
Ensayo y error; probar y fracasar y volver a probar y quizás pronto empezar a ganar. En el fondo siento que debía dar una explicación de esta ausencia. Tampoco quiero terminar el post sin hacer una segunda lista, más corta y perfeccionada, de lo que me gustaría hacer a partir de este punto:
Para eso estoy leyendo mucho. Escribir es mi reacción particular a la lectura. Me empuja a imaginar a mis personajes en situaciones que he leído. Esa fue la razón por la que empecé, y me alegro de ver que no ha cambiado.
Y añado: y escribir solo para mí. Si consigo entrar en algún proyecto conjunto o me veo preparada, adelante; si no, tampoco pasa nada. Una preocupación menos. Esto no implica que vaya a abandonar cualquier idea que conlleve un esfuerzo. Hablo de no penalizarme a mí misma.
Escribir es una carrera en solitario. Sin embargo, a nadie le hace daño compartir sus alegrías y sus penas aunque sea para darse cuenta de que no está solo. Existen mil millones de autoras y autores en el mundo, experimentamos situaciones similares a lo largo del tiempo… Esa es la realidad: no estamos solos.

La literatura tiene esa parte sanadora que viaja entre el autor y el lector. Es un poco contradictorio escribir para entender qué ocurre con el acto personal de escribir, pero liberador también. Nos cuesta hablar de lo que sucede dentro de nuestras cabezas, no sé si porque nos han educado para verlo como una debilidad. En cualquier caso, hoy ha sido un día maravilloso. 1013 palabras.