martes, 19 de abril de 2016

Astra

Fuente.
Escuché la grabación una vez más.
«Usted ha sido seleccionada para el último vuelo en la Valiente. El punto de encuentro será la Lanzadera Cero a las cinco y media de la mañana. Deberá acudir con el localizador que aparecerá en su agenda y todos sus efectos personales. ¡Feliz viaje!»
Me apoyé en la pared y resbalé lentamente hasta el suelo. El móvil se escurrió de entre mis manos. El eco del golpe rebotó contra las cuatro paredes, subrayando la desnudez de la casa desprovista de muebles, de pintura, de fotografías y de planes, porque todos se los había llevado ella. Puede que le hicieran más falta. O puede que el escueto camarote que le hubieran asignado fuera un lugar extraño incluso lleno de recuerdos. Nadie podía transportar el olor de un ser querido, ni la sensación de bienestar de un domingo por la mañana a su lado; y los rayos del sol no calentarán igual en Nueva T., de eso estoy seguro, se dijo mientras acariciaba la tarima con las yemas de los dedos. Una fina capa de polvo ascendió hasta sus rodillas.
Se amaron en ese mismo lugar hacía diez años. Quizá unas pocas semanas para ella. El deseo le hizo llorar con violencia, y así como estaba, arqueado y encogido sobre sí mismo, se sumió en una suave duermevela. Sonrió al revivir momentos mejores. Horas después, las lágrimas de sus mejillas se habían secado. La nostalgia amortiguó la realidad durante unos instantes que aprovechó para levantarse y dar un rodeo a la casa. El jardín era un bosque caótico, como su corazón.
¿Volverás a buscarme?
A millones de años luz de allí, ella lanzó un beso a una galaxia lejana.