martes, 31 de enero de 2017

¡La zona de confort es real!

Esta es mi zona de confort ideal. Fuente.
Mis dos últimas lecturas me han alejado de mi zona de confort lectora, la fantasía y la ciencia ficción. Ocurrió naturalmente: cuando me quise dar cuenta estaba en el segundo capítulo de Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson, y en cuanto lo acabé me vi como una autómata yendo a buscar La maldición de Hill House, que también me ha flipado. La verdad es que 2016 fue un año aceptable en cuanto a lecturas, aceptable y nada más, porque acabé cansadísima de leer sinopsis parecidas entre sí, historias que me recordaban a otras y esas otras a otras más, personajes que me daba igual cómo se llamaran porque no conseguía conectar con ellos, etcétera. Todo esto lleva a una a pensar que el problema está dentro y no fuera. Así que lo primero que he hecho en 2017 es leer libros que hace un año no me habrían llamado la atención, que viene a ser mi Razón de Peso. Pasaba con el terror, con la novela histórica, con la romántica..., en fin, que tenía muchas puertas cerradas.

Del terror de Shirley Jackson he aprendido que la ambientación es capaz de sostener cualquier giro de guion conocido por el lector avezado. Piensa: los fantasmas de este libro querrán asustarme. Pero ¿y si lo que te inquieta realmente es todo lo demás? Las olas de oscuridad ascendiendo a medida que los personajes suben las escaleras hacia sus habitaciones, o, sin ir más lejos, la presentación de Hill House, que a mí me envaró en el sofá:
Ningún organismo vivo puede mantenerse cuerdo durante mucho tiempo en unas condiciones de realidad absoluta; incluso las alondras y las chicharras, suponen algunos, sueñan. Hill House, nada cuerda, se alzaba en soledad frente a las colinas, acumulando oscuridad en su interior; llevaba así ochenta años y así podría haber seguido otros ochenta más. En su interior, las paredes mantenían su verticalidad, los ladrillos se entrelazaban limpiamente, los suelos aguantaban firmes y las puertas permanecían cuidadosamente cerradas; el silencio empujaba incansable contra la madera y la piedra de Hill House, y lo que fuera que caminase allí, caminaba solo.
Al primer contacto visual con la casa, Eleanor, una de las protagonistas, piensa: es una casa vil. Espero que nadie me mire de ese modo; precisamente de ese modo quiero influir en el lector, trabajando su orientación en el escenario para que se familiarice con cada esquina y cada gesto de los personajes. El resto viene solo. Y, bueno, opinión personal e intransferible ahora: esta clase de ambientaciones (oscuras y opresivas, pero también drásticas) no son tan frecuentes en los mundos fantásticos. No me refiero al terror psicológico, sino a la capacidad del que escribe para mostrar las imágenes de su cabeza. Yo tengo un problema con la exposición, y es que soy impaciente. Enseguida quiero ir a la acción. Prefiero detenerme poco tiempo en los paisajes o en las emociones. Es mi talón de Aquiles (bueno, uno de tantos). Por eso he llegado a la conclusión de que necesito leer más libros donde la exposición forme parte de la exploración tanto fuera como dentro del personaje, y asiente las bases de la historia que quiero contar. Dicho así, hasta parece fácil.

Además, he abierto la veda a otro terreno virgen para mí: ¡los cómics! Ya empecé con El castillo de las estrellas, de Alex Alice y con La línea del tiempo: un viaje por la historia, de Peter Goes (que no es exactamente un cómic a decir verdad). El domingo arrasé mi cartera y compré Paper Girls (I y II) de Brian K. Vaughann y Leñadoras, de Noelle Stevenson. De momento estoy acertando. Se aceptan recomendaciones de lo que queráis. ¿Qué me gusta? Una historia divertida, seria o graciosa, que os haya encantado. Si además tiene un elenco protagonista bien construido, estoy dentro.
Por si he sido poco efusiva: ¡compradlos! ¡Están genial!